¿Qué hacer cuando llega el amor?
No hay mucho donde elegir, así que decidan por las dos posibilidades que ofrece: huir de sus garras y evitar el contacto con semejante material inflamable; o recibirlo a corazón abierto y beber su licor agridulce. Allá ustedes. Decidan y que la suerte les acompañe.
Pero si llegado el momento dudan, y por si necesitan sus servicios, les anunciamos la visita de Marcelo: el marronero de amores.
¿Aún no lo conocían?
Ahora pueden beber el licor sin que les amargue y manipular el material sin que se inflame. Para eso está el marronero. Él lo hará por usted. Asume todos los riesgos y garantiza un buen trabajo. Rápido, discreto, tajante, eficaz. Abierto durante todo el día, brinda excelentes resultados durante la noche, cuando todos los gatos son pardos, y los amores, también.
Ha llegado Marcelo para enseñarnos que el amor cambia de color según el marrón con que se mire; para lidiar por usted. Confíe y apueste.
Ha llegado Marcelo. Pasen y vean, escuchen al marronero y luego, en la intimidad, respondan:
¿De qué color es el amor?

CRÍTICAS
"Una voz propia y con recursos
Marcelo Casas tiene recursos de actor, no cabe duda y seguramente ambición para desarrollarlo. La hora que dura su espectáculo “El Marronero de Amores”, representado el viernes y ayer en La Lechera, habla sin parar, canta, se disfraza, interpela al público con entrega y habilidad.
Es de destacar su ritmo en escena y su desmayo incansable. […]"
Javier Miranda, Diario de Cádiz, 12/03/2006
"Humor, surrealismo y mucho amor son las claves de la obra El Marronero de Amores. La representación dirigida por Cesáreo Estébanez, conocido por su papel de sargento Romerales, aglutina un conjunto de monólogos en clave de humor, que explican los enamoramientos de un personaje que encuentra el amor en objetos tan inauditos como una palmera de huevo. Se producen así situaciones surrealistas que se suceden una tras otra con canciones del autor Franc Roldán"
Periódico de Punta Umbría, Huelva, 16/12/2004
DEL AMOR COMO MARRÓN
Por Fernando IWASAKI
El escritor Ricardo Ferreiro me llevó a La Fundición para ver «Marronero de amores» -la nueva obra de Marcelo Casas- y me he reído como no me reía en años dentro de un teatro. Y lo mejor de todo es que en el fondo me reía de mí mismo, pues todos nos hemos comido varios marrones por culpa del amor. De hecho, algunos se casan con su marrón y la mayoría de los divorcios es por culpa de un marrón.
Una cosa es «El arte de amar» (Ovidio, Erich Fröm, Emmanuelle) y otra muy distinta «Helarte de amar». El amor según Marcelo Casas nos deja helados, aunque al principio creamos que nos pone como mando de play-station en fiesta infantil. Pero no. Hay gente que cree que ha ligado cuando sólo se ha comido un marrón. Peor todavía, hay gente que cree que ha ligado y no sabe que sólo se ha convertido en un marrón. Y es que el amor no es color de rosa, sino color marrón o marrón «colorao».
En realidad, pocas cosas pueden ser más absurdas y ridículas que el amor, porque el amor supone la extravagancia. Marcelo Casas lo sabe y así «Marronero de amores» es la exposición del «ridículum vitae» del personaje, a través de un monólogo que es tan esencial como la interpretación. Como un consumado mimo, Marcelo Casas crea mil caras a lo largo del espectáculo y descompone su cuerpo en docenas de posturas que nada tienen que envidiarle al baile más sofisticado. Sin embargo, mi mayor sorpresa fue descubrir sus enormes facultades vocales, que van desde la zarzuela hasta el flamenco, pasando por la copla y la balada hortera. Si Marcelo Casas produjera un montaje pensando en la Bienal de Flamenco, sería todo un acontecimiento.
Marcelo Casas actúa, canta, gesticula, baila, compone, crea personajes y escribe sus guiones. Es lo que en Broadway llaman tener varias potencias, pero no estamos en Broadway sino en Sevilla, este Bronx de la Marisma donde el teatro es simplemente otro marrón. Por eso los montajes de Marcelo Casas propenden a la economía. Economía de actores, orquesta, regidores, decorados y apuntadores, porque Marcelo Casas es una compañía en sí mismo. No hace monólogos, no hace musicales y no hace comedias, pero hace algo nuevo que supone todas esas cosas y más.
«Marronero de amores» es la primera obra de Marcelo Casas que he visto, pero desde ahora seré uno de sus hinchas, pues su propuesta teatral no nace «ex-nihilo», sino que bebe de Jardiel Poncela, Miguel Mihura y Edgar Neville, tres autores extraordinarios y por lo mismo incomprensiblemente olvidados. Así, «Marronero de amores» participa del surrealismo chispeante de «La tournée de Dios», de la vena absurda de «Ni pobre ni rico, sino todo lo contrario» y de la corrosiva ironía de «Margarita y los hombres».
Hoy a las nueve de la noche es la última oportunidad para ver «Marronero de amores» en La Fundición, porque luego Marcelo se va para Valencia, Madrid y Barcelona, donde resulta que se lo rifan los teatros. No se pierdan «Marronero de amores», pues uno entra sospechando que sólo tiene uno y sale con la risueña certeza de tener varios. Marrones, claro.
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